El mundo es hermoso en (y por) toda su complejidad. Todos los aspectos que conforman la realidad se entretejen infinitamente creando una red que ofrece interminables lecturas, a cada cual más sorprendente. Las reflexiones, los análisis, deberían tener como principal objetivo, además de otros ulteriores, el aislar un engranaje o una serie de engranajes y realizar una observación detallada que buscase clarificar su naturaleza y funcionamiento. El ser humano, probablemente fascinado por todo esto, ha desarrollado su más avanzada herramienta bajo la forma de una leve sombra, una torpe y falible representación de este Mecanismo Supremo. Hablamos, evidentemente, del lenguaje. La narrativa, como medio para construir una ficción, es un método que permite utilizar el lenguaje (buscando su máxima expresión estética) para tratar la totalidad de la realidad. En el acto narrativo, la mente creativa y creadora no sólo desmenuza y analiza la suma complejidad de un aspecto singular (o conjunto de aspectos singulares) de la realidad, sino que reconstruye este profundo y hermoso análisis buscando la máxima expresión estética que pueda permitirle el lenguaje empleado. El producto narrativo, pues, se nos acaba mostrando como un artefacto inigualable, un tesoro de relojero con un funcionamiento cuya complejidad supera a la de la misma realidad, puesto que ésta se multiplica por las posibilidades del lenguaje. Por eso, cada narración nos muestra un retazo (que su creador ha juzgado como especialmente remarcable y lleno de belleza) perteneciente a un campo inimaginablemente inabarcable; pero también al hacerlo nos recuerda la inmensidad e infinita complejidad de dicho campo, el de la realidad vista en el espejo de la ficción a través de la lente del lenguaje. Siempre que me encuentro frente a una narración procuro recordar esto, y, al hacerlo, no sé si llorar o reir. La belleza que se desprende me ciega y me hace sentirme inexplicable y sumamente agradecido de estar vivo.
-Sasha Dubrovski

[...] Mannequin [...]
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